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Artículo del Rincón del Aviador

El día de la prueba (Autor: teniente coronel Miguel A. Sáez Nievas)

30/10/2018

En esta profesión estamos continuamente reciclándonos, pasando pruebas y superando obstáculos. A veces tan radicales como los que te hacen pasar de ser un especialista en pilotar aviones de combate a dedicarte por entero a la logística, al planeamiento, a las relaciones internacionales…

Te preparas y estudias casi sin descanso: idiomas, pruebas físicas, aeronaves, armas, cursos de especialización, de transformación, de Estado Mayor… a veces cansa. Al final somos lo que vamos modelando con todo ello, quizá un producto de varias carambolas fruto de la casualidad. Aunque siempre he creído que la casualidad se conduce con los empujones que damos con nuestro esfuerzo.

En los comienzos, cada prueba era un obstáculo tras el cual caías en otra vía, y en ella te quedabas. Unas veces por elección, otras por imposición. Y por ello, también echabas sobre tus hombros una responsabilidad que, con apenas 20 años, pesaba bastante. Luego, con el tiempo, te das cuenta que el autocontrol y la disciplina mental que exigía superar tantas trabas eran una parte de la instrucción, del proceso que le permite mantener a uno el tipo cuando la situación llega a ser realmente delicada, y cuando la solución no está en manos de un profesor sentado a tu lado, sino en las tuyas propias.

Así, a bote pronto, recuerdo varias de esas pruebas. La dura oposición para ingresar en el “aire” y optar al vuelo. Después la “Pillán” en 3º: unos pocos vuelos y la suelta. Prueba de acrobacia, prueba de formaciones y… un escollo menos.

En 4º, el C-101; otra vez la suelta y luego tres pruebas más: TR (transición y acrobacia), FORmarciones e INStrumentos. Pasarlas todas significaba obtener el título de Piloto Militar. Las alas, el rokiski… Pero si querías volar reactores tenías que empujar un poquito la casualidad, acompañar un tanto tus aptitudes con bastante constancia, porque había que sacar una nota mínima en todas y cada una de esas fases. Quedar por debajo de esa nota, aunque sólo fuese en una de las etapas, significaba no obtener la R, una especie de sufijo a la nota final de vuelo en “culopollo” que te daba el billete a la Escuela de Caza y Ataque. Donde, cómo no, quedaban por delante otras pruebas. Pero eso será otra historia.

El caso es que me hallaba intentando dar un buen empujón a la casualidad en la prueba de TR. Los probadores eran casi siempre comandantes con mucha experiencia y el colmillo retorcido, y en un vuelo de hora y media en el que tienes que demostrar que lo sabes hacer todo, las posibilidades de meter la pata son muchas.

Tocaba mostrar mi pericia con el tonel volado. Volar un tonel con el 101 es como volver a pasar la goma del bañador de tu hijo cuando se ha salido de su costura en la piscina: … alabea rápido, luego lento, ahora pie, ahora no, cuidado que se hunde, no subas tanto… Ni que decir tiene que todo eso, con apenas 60 horas de vuelo en el cuerpo, era un misterio de la naturaleza, así que había que limitarse a mecanizar unas cuantas referencias y “suerte, vista y al toro”.

El caso es que estaba en la parte esa que se acelera justo después de pasar por la referencia de 45º de morro alto y 90º de alabeo. Y estaba tan tenso que mis piernas se agarrotaban y empujaban mis pies contra los pedales, contraídas de puro nervio, mientras las gotas de sudor se metían en mis ojos sin dejarme ver demasiado bien lo que había más allá de la visera oscura del casco.

Terminó la maniobra y el morro salió más o menos por donde había entrado, en alguna nube lejana tomada como referencia, alguna montaña anónima o algún pueblo murciano cuyo alcalde no sabía que estaba siendo utilizado como faro de mi futuro profesional.

En el suelo, ya de vuelta, el clásico debriefing… No tenía ni idea de por dónde andaría mi nota. El nudo en el estómago se iba deshaciendo mientras se apretaba el nudo psicológico:

“…bla, bla… ah, sí, y el tonel volado –llegaba el probador al momento álgido-…lo has querido disimular, pero he notado que, como el alabeo al pasar de 90º era demasiado rápido, has metido el pie izquierdo para que el morro llegase a la referencia del invertido… Está bien que te hayas dado cuenta, pero la próxima vez intenta ser un poco más fino y vuela mejor el arco… Hasta luego”.

Y es que, de vez en cuando, la suerte echa también una manita… ¿O no?